24 Feb

Este artículo apareció en BoletínACIA número 28

Alejandro Barreto

Cheburashka, un tierno personaje de animación nacido en la Unión Soviética en los años sesenta, se ha vuelto un boom en Japón. ¿Cómo ha cambiado en estos casi 50 años?

Cheburashka es un personaje —quizás un chango, quizás un oso— de cuentos infantiles rusos que se llevó a la pantalla grande por primera vez en 1965. Sus creadores, Roman Kachanov, Eduard Uspensky y Vladimir Shainsky (director, creador y músico, respectivamente), realizaron, en los años subsecuentes, cuatro cortos en stop motion.

La historia habla de un animalito cuyo nombre alude a una palabra rusa que, en la jerga popular, significa “golpearse muy fuerte”, ya que cuando sale de la caja de naranjas en la que aparece por primera vez, se da un porrazo.

En los cortometrajes pueden verse las aventuras de Cheburashka con sus amigos, el cocodrilo Gena y la anciana traviesa Shapoklyak. La trama está enfocada a la niñez, habla de valores y es educativa, con un contenido musical emblemático para los espectadores. Con el tiempo logró consolidarse como una de las obras maestras de la extinta casa fílmica Soyuzmultfilm, que le dio una proyección internacional jamás soñada. La historia quedó implantada en la cultura soviética tardía y posperestroika. Sin embargo, pareciera que hubiera quedado abandonada en el recuerdo de la sociedad, debido a los drásticos cambios que el país sufrió a partir de 1990.

Cheburashka es un animal tierno, pero nadie sabe su rama genética —ni siquiera él mismo—. Tiene una cara semejante a la de un bebé y una voz clásica entre los multiks (caricaturas) soviéticos, a cargo de Klara Rumyanova.

Puede considerarse adorable y capaz de despertar los instintos paternales de cualquier ser humano, pero su historia va mucho más allá: tiene un significado profundo dentro de la sociedad rusa, sobre todo para el público de los años sesenta a ochenta. Es una imagen amistosa de su cultura hacia el mundo (estuvo a punto de ser la mascota oficial de las Olimpiadas de 1980 y de las de Sochi 2014). El personaje provenía de una historia turbia, llena de marginación, de un contexto pobre en el que el mayor anhelo era hacer amistades, sentirse querido, tener con quién jugar y dónde vivir. Aleatoriamente, en la historia aspiró a entrar a la escuela, irse de vacaciones y festejar el cumpleaños de su amigo Gena.

Cheburashka resume el concepto de la amistad y las buenas costumbres de la URSS, es el amigo de los niños pequeños en forma de DVD, muñecos de peluche o pantuflitas para interiores. La gente de verdad lo ama como ícono nacional.

Hace un tiempo, gracias a la inmediatez de YouTube, mientras navegaba entre videos de animación rusa, algo llamó mi atención: la obra máxima Kachanov se ha convertido en un objeto de culto en Japón. Me causó cierta consternación que en aquel país se fijaran en un personaje como Cheburashka, cuya vida no era complicada ni ostentosa. ¿Por qué este mártir de la austeridad podría convertirse en ícono de la moda y el merchandising japoneses?

Japón se encargó de hacer animaciones sobre estos personajes de una manera discreta, con temáticas cotidianas y referencias visuales a la obra original. El Studio Ghibli se hizo con los derechos de imagen y distribución de Cheburashka;
su éxito es tan arrollador que ya se le compara con Rilakkuma, y su imagen se explota para vender cualquier tipo de artículo. El director de esta nueva versión recreó los cuatro episodios originales y conservó hasta el más mínimo detalle de la obra soviética. Con ellos revivieron la historia, el fervor y la moda, y ahora Japón parece ser el nuevo hogar de este pequeño personaje. Cheburashka tiene más de lo que jamás aspiró: es un emblema del consumismo de los adolescentes y niños, y la mercancía con su imagen desborda las tiendas japonesas: ropa para perros, guantes para cocina, sombreros con orejas para el frío.

Es curioso el destino de las cosas. Cuando logré asimilar toda esta transculturación, me fue inevitable pensar cómo concluyó el conflicto de 1904-1905 de la Rusia imperial contra Japón: con un puente de amistad construido por el amor a este ser imaginario. Quién diría que no todo está tan perdido en la era posmoderna.

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Grabado original de Alejandro Barreto, artista gráfico.
Conoce más de su obra en www.facebook.com/alexbarrettofaustovich

Este artículo apareció en BoletínACIA número 28