29 Ene

Germán Sosa


“No tengo cosa de que envidiar al rey don Felipe, sino de un criado como éste. Mirad vosotros y aprended, que
habiéndose este caballero perdido y salido en cueros, y ofreciéndole yo hacerle merced en cuanto me pidiese,
no me pide oro ni plata, ni cosa para sí, sino lo que conviene a su religión y al servicio de su rey.”
– Tokugawa Ieyasu.

Con motivo de la celebración de los 400 años de relaciones entre México y Japón resulta significativo dar una breve visión sobre el primer encuentro diplomático entre estos dos
países, sin dejar de tomar en cuenta que el territorio que hoy lleva por nombre México formaba
parte del imperio español (por lo cual sería correcto decir que fue hasta 1821 cuando empezaron las relaciones entre estos dos países…). La relación de Rodrigo de Vivero, que fue gobernador y Capitán General de las Filipinas, cuenta los sucesos que vivió cuando en 1609 el navío en el que viajaba rumbo a Nueva España naufragó en una tormenta. Junto a la tripulación sobreviviente tocó tierra en Honshu, cerca de un pueblo llamado Yubanda no muy lejos de la capital Edo, actual Tokio. Su estancia en el archipiélago cobró varios matices.
En Yubanda fue tomado prisionero pero a los pocos días se le reconoció como el Gobernador
de Filipinas. Se le dio un trato privilegiado como súbdito del rey español Felipe III y se solicitó su presencia en la corte del Shogun Tokugawa Hidetada en Sendo (Edo) y en la de su padre el Ogosho Tokugawa Ieyasu en Zurunda. “Pero vi que por dos caminos me podía recibir y tratar el emperador. El uno, como a un caballero particular que en sus reinos se perdió; y el otro, como un criado de mi rey, y que tan de cerca había representado a su persona.” Al llegar ante el Ogosho (大御所), quien en realidad ostentaba el poder, Rodrigo de Vivero vio la oportunidad de cambiar su papel de náufrago a diplomático haciendo varias peticiones a favor de las relaciones de Japón con el imperio
español. Estas propuestas se centraron en tres temas: la libertad para que se practicase la religión cristiana en Japón, la relación y amistad entre ambas naciones y, por consiguiente, el rechazo de cualquier contacto con los enemigos de Felipe III, en especial los holandeses con quienes el gobierno japonés había tenido importantes relaciones. Por su parte, Tokugawa Ieyasu se mostró poco dispuesto con el tema de los holandeses pero complaciente en lo demás, aunque en 1611 proclamó la expulsión de las órdenes católicas y la prohibición de la práctica de esta religión en todo el territorio. Este breve y fortuito encuentro muestra el inicio oficial de las relaciones diplomáticas entre Japón y la América española sin tener a la Iglesia católica como mediadora.

Aunque este escrito es importante por el hecho histórico que narra, tampoco hay que perder de vista las observaciones que se hacen sobre Japón, como lo son las costumbres, ritos y descripción de pueblos y ciudades. Sin embargo, el lector de esta relación debe esperar que la descripción de lugares y prácticas, en años donde los mapas del mundo apenas finalizaban, estén realizadas a través de los ojos de un viajero cuyo único parámetro de descripción y definición era su propia cultura. Por lo tanto no resulta extraño encontrarnos con diferentes comentarios sobre idolatría y barbarismo.

Pasé después al entierro de Faycosama, en el que hallé tantas cosas
que ver, como lástima se me presentó, de que edificios tan célebres y
suntuosos tuviesen un fin y blanco tan abominable como adorar las
cenizas de un hombre que tiene el alma en el infierno.
-Rodrigo de Vivero y Velasco.

* La presente nota hace alusión a un documento llamado Relación del Japón de
Rodrigo de Vivero. Los nombres de lugares mencionados se han colocado tal
cual se encuentran en este documento, por lo tanto, determinar su ubicación
en la geografía actual tendría que ser objeto de otro estudio.

Enlaces:
http://www.netlibrary.net/eBooks/Wordtheque/es/AAAAQMA.TXT
http://www.archivodelafrontera.com/ARC-pacifico005.htm

Fe de erratas:
En la edición 21 impresa, Enero-Febrero 2010, en la página 7 dice “Oshogo” y debería decir “Ōgosho” (大御所), que es la figura del “rey retirado” durante las eras Kamakura y Muromachi, que fuera retomada en Edo por Tokugawa Ieyasu y por Tokugawa Hidetada para tener a un “shōgun retirado” con poder político y a su hijo como shōgun oficial. (Nota del editor: el término ha sido corregido para esta versión electrónica).