03 Feb

Esta traducción apareció en BoletínACIA número 27

Traducción de Blanca Hideshima

La ley del espejo (Kagami no Housoku) es una muy popular novela del escritor japonés Yoshinori Noguchi, que trata con sensibilidad y sencillez el tema del acoso escolar. Blanca Hideshima, profesora de lengua japonesa en ACIA, nos comparte un fragmento de su traducción. Los dejamos en suspenso para que corran a leerla íntegra.

La Señora A (ama de casa de 41 años) tenía una preocupación. Su hijo que iba en quinto año de primaria estaba siendo maltratado por sus compañeros. Más que ser maltratado, el asunto casi había llegado a la violencia.

Sus amigos lo habían sacado del grupo, normalmente le echaban la culpa cuando algo pasaba. Su hijo insistía en que no lo estaban maltratando, pero siempre tenía un semblante triste, y la señora A sufría.

A su hijo le gustaba el beisbol, pero como sus amigos no lo invitaban a jugar, él salía al parque y jugaba a cachar la pelota contra la pared.

Hace aproximadamente dos años, hubo un periodo en que su hijo jugaba beisbol con sus amigos. En una ocasión, de regreso con las compras, la señora A pasó al lado de los campos de la primaria donde su hijo estaba jugando. Él había cometido un error y a su alrededor lo estaban acusando fuertemente.

Los compañeros de equipo, sin tolerancia, lo acusaban en voz alta:

—¡Oye, tú, eres muy torpe en tus movimientos!

—¡Por tu culpa nos anotaron tres carreras!

—¡Si perdemos es por tu culpa!

La señora A pensó: “En verdad mi hijo no tiene gran capacidad física, pero como hijo tiene puntos buenos, es un niño con un corazón muy noble”.

A la señora A le daba coraje ver que no pudieran reconocer los puntos buenos de su hijo. Fue muy sufrido ver que, ante las terribles cosas que le decían sus compañeros de equipo, él sólo sonreía y pedía disculpas.

Después, al poco tiempo, dejaron de invitarlo a jugar. Parece que le dijeron “Tú haces perder al equipo, por eso ya no te invitamos a jugar”.

Para el hijo, el hecho de no ser invitado fue lo más doloroso.

Su comportamiento de enojo aumentó al punto de llamar la atención, se puede comprender. Sin embargo, él jamás le habló a la señora A de su sufrimiento y tristeza. Lo más doloroso para ella fue que su hijo no le abrió su corazón.

—Yo estoy bien —insistía.

Si la señora A le decía: “Voy a pedirle a un amigo que es bueno que te enseñe a jugar”, “No me molestes —le respondía él—. Déjame en paz”.

Cuando le dijo: “Te cambio de escuela”, él le contestó: “Si haces eso, te odiaré el resto de mi vida”.

Ante la situación, la señora A no podía hacer nada y sentía una gran impotencia. Un día, su hijo, después de regresar de la escuela, se había ido al parque y regresó de mal humor.

—¿Qué pasó? —le preguntó.

—Nada —le contestó; no le dijo lo que había pasado.

Con una llamada telefónica pudo descubrir la verdad.

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El texto completo está en http://laleydelespejoesp.blog131.fc2.com/blog-entry-6.html

Esta traducción apareció en BoletínACIA número 27