29 Ene

Guillermo Espinosa Mendoza

Cuando la mayoría de los mexicanos pensamos en el inmigrante chino, por lo general nos viene a la mente la imagen del apacible restaurantero que atiende con diligencia su negocio y cuya interacción con la sociedad pareciera limitada por un español esencial para la realización de su actividad económica. Sin embargo, la inmigración china en nuestro país es mucho más compleja,
y si bien, en ocasiones, ha revelado facetas oscuras de la sociedad mexicana, resulta imprescindible conocer los hechos para evitar repetir los errores del pasado. En una de las lecturas de su libro, Chino para hispanohablantes, el profesor Li Weiji declara: “hace muchos años, algunos
asiáticos llegaron a América a través del estrecho de Bering. Por eso, americanos y asiáticos debemos ser parientes”. Infortunadamente, en años más recientes un buen número de asiáticos provenientes de China llegaron a México y no fueron recibidos como hermanos
precisamente.
Durante los primeros años del gobierno de Porfirio Díaz, la ilusión de un país que avanzaba hacia la modernidad apremió a los industriales a conseguir mano de obra adicional que pudiera
participar en labores como el cultivo del algodón, la minería y el tendido de las vías de ferrocarril. Factores como el continuo flujo de chinos que llegaban a México con intención de pasar a EE.UU., las prohibiciones que dificultaban cada vez más su entrada a aquel país; así como la reputación de los chinos de ser industriosos, apacibles y trabajar por bajos sueldos, contribuyeron para que fueran los trabajadores chinos los elegidos para cubrir el déficit de mano de obra. Ya entonces se divisaba la posibilidad de que apareciera en México la misma xenofobia que se había visto en EE.UU., pero llevada a extremos más cruentos por la misma frustración social que desencadenaría la Revolución y que perduraría aún después de que ésta concluyese.
A partir del año 1889 comenzó a llegar un número importante de trabajadores chinos, provenientes en su mayoría de la provincia de Cantón o Guangdong (广东), estableciéndose principalmente
en los estados del norte: Baja California, Coahuila, Chihuahua, Durango, Sinaloa, Sonora; así como el Distrito Federal. Sin embargo los chinos pronto comenzaron a ser víctimas de un abierto
racismo, como ocurre con frecuencia en este tipo de casos. Se les responsabilizó por cada problema surgido en las comunidades en las que se asentaban y se comenzaron a impulsar medidas discriminatorias, tales como la prohibición de matrimonios entre mujeres mexicanas y hombres chinos, deportaciones multitudinarias y aislamiento de las comunidades. La violencia
contra la población china llegó a un punto máximo cuando en mayo de 1911 un sector de las fuerzas rebeldes de Francisco Villa asesinó a entre doscientos cincuenta y trescientos chinos, acto que fue seguido del saqueo de sus comercios y casas.
Pese a todo ello, las comunidades chinas en México eventualmente se adaptaron a la nueva cultura y prosperaron. De hecho, se dice que para el año de 1930 más de 90% de la población en algunas áreas de Mexicali eran chinos, razón por la cual dicha ciudad llegó a ser conocida como “el pequeño Cantón”.
La mayoría de los chinos que se establecieron en México son trabajadores y pequeños propietarios. Mientras que un número reducido consiste en empresarios, profesores, médicos, ingenieros y funcionarios públicos. Según datos de la Asociación China de Mexicali, para el 2008 habría unos cien mil residentes chinos en México, entre chinos y mexicanos hijos de chinos.

Más información en:
http://blog.china.com.cn/xushicheng/art/185036.html
Entre el Río Perla y el Nazas
China en las Califf hino en México (1871-1934)