26 Feb

Este artículo apareció en BoletínACIA número 28

Claudia Camacho

Ubicado en la prefectura de Shizouka, al oeste de Tokio, el monte Fuji es un ícono con el que se reconoce a Japón alrededor del mundo.  Su imponente presencia y belleza atemporal han hecho de esta formación volcánica uno de los símbolos más importantes de la cultura japonesa, siendo considerado un lugar de gran espiritualidad y evocación artística al que la mayoría de los japoneses espera asistir por lo menos una vez en su vida.

Cada año, las laderas del Fujisan reciben a miles de visitantes que acuden a él con el propósito de llegar a su cumbre y, desde ella, presenciar el amanecer. Dada la altura del volcán y la riqueza del paisaje que lo rodea, la vista del nacimiento del sol desde el monte Fuji es tan especial para los japoneses que le han dado un nombre particular: Goraiko o “llegada de la luz”.

El Goraiko representa un momento de renovación y renacimiento espiritual que se presenta como recompensa al esfuerzo físico y mental de quienes lograron alcanzar la cima de tan alta montaña a tiempo para presenciarlo. Del mismo modo,  el Goraiko, y la figura cónica casi perfecta del monte Fuji
en general ha inspirado numerosas obras de arte que han tenido un gran impacto no sólo en la cultura popular japonesa, sino en el imaginario colectivo internacional.

Los Ukiyo-e representando al Fujisan creados por artistas tan emblemáticos como Katshika Hokusai fueron uno de los primeros productos culturales japoneses que lograron popularizarse en el mundo occidental, teniendo gran influencia en pintores como Monet y Van Gogh y haciendo del monte Fuji un símbolo japonés por excelencia.

Capturado en pinturas, poemas e incluso piezas de indumentaria, el monte Fuji tiene una marcada presencia en la cotidianeidad de la sociedad japonesa. Si bien en los últimos años ha perdido un tanto su simbolismo espiritual y religioso, es innegable que continúa siendo una importante fuente de inspiración artística y de orgullo nacional.

La constante presencia del Fujisan en la cultura japonesa, las dinámicas generadas por los visitantes que recibe cada año, así como su influencia en diversas expresiones artísticas locales e internacionales son factores que llevaron a la UNESCO a declarar, en junio pasado, al monte Fuji como Patrimonio Cultural de la Humanidad, reconociendo así la influencia que esta formación natural ha tenido en la generación e intercambio de expresiones culturales entre Japón y el mundo.

Presenciar el Goraiko tras una noche escalando el Monte Fuji es una experiencia obligatoria para todos los viajeros que ya en suelo japonés quieran experimentar, además de la cultura de ese país, su geografía, que ha tenido una gran influencia no sólo en la cultura de ese país sino en sus vínculos con el resto del mundo.

Este artículo apareció en BoletínACIA número 28