• Editorial
    Extraído de la primera aparición
    del Boletín ACIA (Periódico mural). Septiembre-octubre 2005
    Fabián Robles.

    Hace unos meses tuve la oportunidad de presenciar una excelsa interpretación de la ópera de Giacomo Puccini (1858 – 1924) llamada Turandot. La cual se desarrolla en Pekín, en una época indeterminada y en la cual se cuenta la historia de una princesa que ha de ser desposada por algún noble que pase por ciertas pruebas (adivinanzas) y en la que, quienes no lograran adivinar tendrían que ser ejecutados pagando con su vida sus altas pretensiones. En esta historia, completamente escrita en italiano, se contraponen el imperio chino y el persa, sin embargo, no se ve que haya un conocimiento real de ninguna de estas culturas. Se muestra a la China a través de la actitud de Turandot como impenetrable, fría y cruel; y a Persia como astuta y vengativa en la actitud de Calaf.
    A pesar de ser una creación de principios del siglo XX, en Turandot se deja ver el estereotipo medieval de que el “Oriente” está habitado por razas bárbaras, con culturas “pueriles”, que necesitan ser “civilizadas” por los occidentales. Se deja ver la concepción de que en el Oriente no pasa nada y no existe historia, ni tiempo real, ni desarrollo. En fin, parecería que para conocer el Oriente no es necesario ningún contacto directo con el Oriente mismo sino más bien hay que explorar lo que Occidente quiere conocer o decir de Oriente.
    Esta dualidad de términos ha sido muy cómoda durante siglos para los autodenominados occidentales, ya que el término “Oriente” –con mayúscula– es un recipiente para guardar conceptos discriminatorios como barbarie, fundamentalismo y violencia en contraposición de la educación, la libertad y la paz de “Occidente”. Para crear al Oriente los occidentales medievales sólo tenían que construir la imagen del otro, del no cristiano, de aquél que no querían ser, del que tenían que cuidarse y del que debía ser dominado –o educado– con la panacea de la “civilización” europea. El Oriente, no es un término geográfico, pues se les ha dicho orientales a los árabes, a los chinos, a los indios, pero también a los africanos y hasta a los indígenas americanos. En fin, si el término “Oriente” no es peyorativo, ¿podríamos decir también que la Italia de Puccini se trata de un “país oriental” solo por estar al oriente de México?…
    Esta reflexión podría prolongarse por páginas y páginas pero, ¿qué tiene que ver la visión medieval de los europeos con el mundo moderno y globalizado?, pues basta con asomarnos al violento inicio del siglo XXI en el que a raíz de un ataque terrorista a un símbolo del poderío estadounidense se comenzó una ola de agresiones a países asiáticos indefensos, pero “necesitados” de la mano “democratizadora y libertadora” de la potencia occidental para ser sacados del error en el que viven por el fundamentalismo islámico y por sus gobiernos despóticos.
    La retórica –creada por Occidente– de la libertad y la democracia en contraposición con la tiranía oriental ha tenido mucho éxito para los políticos del nuevo siglo. Parece que en nuestros días, conocemos de oriente lo que se nos dice en inglés o en francés, si se habla de países orientales en Discovery Channel se muestran comunidades de extrema pobreza y las grandes ciudades de vastos intercambios económicos que no estén en Norteamérica o en Europa son vistas como expresiones aisladas e incidentales de progreso.
    En los más de dos años y medio que tiene el proyecto ACIA, en más de una ocasión me han preguntado: “¿Porqué estudiar a las culturas de Asia?”, y otras veces he escuchado: “¡Qué original idea, una escuela de idiomas orientales!”. Pero el trasfondo de emprender tal esfuerzo por difundir la pluralidad de formas de comunicarse que hay en el mundo no es más que el anhelo de dar a las personas de nuestro país los elementos para entenderse directamente con la gente de otras nacionalidades, sin intermediarios.
    En ACIA pretendemos escaparnos de la mal intencionada postura dialéctica de Oriente y Occidente para emprender un esfuerzo de entendimiento directo y real, de personas reales a personas reales y concientes de la pluralidad de expresiones que tiene la humanidad.
    Los mexicanos tenemos cada día más relación con los asiáticos, es decir con una buena cantidad de países, de idiomas y de formas de ver la vida, por ello es conveniente ir quitando el velo de impenetrabilidad y el misterio del estereotipo de lo “oriental” para pasar a una o a muchas visiones más objetivas y directas de los que son las culturas que nos influyen para verlas con claridad y para entendernos más a nosotros mismos.
    La intención de este boletín es mostrar las actividades relacionadas con el proyecto ACIA, que se van llevando a cabo a manos de su comunidad, sin pretensiones políticas o ideológicas, en el Boletín ACIA, nos referimos a culturas, a tradiciones y a formas de pensar. El único oriente del que hablamos se escribe con minúscula y es una simple referencia geográfica dentro un planeta esférico que no comienza ni termina en ningún lugar.

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