05 Sep

Elizabéth Salomón.

Shodô, literalmente “camino de la escritura”, es la palabra que denomina a un antiguo arte de caligrafía japonesa. La caligrafía, arte de escribir con letra bella y correctamente formada, es una actividad que en nuestra cultura prácticamente ha caído en desuso; sin embargo en Japón se sigue practicando como una más de sus ancestrales tradiciones.

El camino de la escritura es una vía de introspección, es un camino al yo interno. Se trata de una actividad cotidiana convertida en arte y filosofía, meditación y autoconocimiento. Es por ello que el calígrafo debe compenetrarse, fusionarse con su arte, mirando hacia su interior para realizar su obra. El pincel, flexible y adaptable, casi orgánico, es la prolongación viva del artista; por lo que la peculiaridad principal del Shodô es un trazo fluido, natural, sin correcciones, pues el trazo aparentemente imperfecto, si es espontáneo, posee un gran valor estético. Cualquier corrección al trazo original arruina la obra del calígrafo.

La práctica del shodô no persigue la mera estética gráfica, sino la expresión de nuestras emociones más ínti- mas, esas que resultan de la interacción con nuestro entorno; por tanto, la caligrafía es la imagen del alma. En lo escrito queda plasmada indefectiblemente nuestra personalidad, riqueza, belleza y profundidad espiritual individual. En el trazo se expresa el ánimo, grado de delicadeza o vigor del ejecutante. Los versados en este arte dicen, y con razón, que la habilidad en la caligrafía depende del espíritu y de la energía con la que se ejecuta. Ya desde la antigüedad, se creía que la forma en que una persona utilizaba su pincel indicaba con mucha claridad su sensibilidad, educación, personalidad y espiritualidad. La caligrafía de cada persona era como una huella que no indicaba quién era, sino cómo era, a pesar de que sus títulos, ropa o modales proyectasen un envoltorio hipócrita.

Pero el camino de la escritura no se limita a lo dicho hasta ahora, no sólo expresa la naturaleza interna del ejecu- tante, su carácter y su autenticidad. Otro rasgo retratado por el pincel es el estado anímico de quien produjo el trazo, su disposición y actitud, los sentimientos y sensaciones que experimentó en el instante exacto de escribir. Es esa combinación única e irrepetible de elementos lo que caracteriza al arte caligráfico del shodô: la unión de sentimientos, carácter, concentración, personalidad y circunstancia, plasmada en un trazo auténtico, espontáneo, sin correcciones. Es este el objetivo del shodô, mostrar la esencia de la persona. Es una fotografía del ser interno del calígrafo y como en toda fotografía, sus mismos rasgos se plasman cada vez; pero al mismo tiempo cambia su pose, su ánimo, su expresión, también su edad y experiencia, su madurez se hacen visibles en cada nuevo retrato. Y con ese autorretrato, lo inmaterial, lo invisible de quien escribe se hace visible a quienes observan. Cada trazo, cada ideograma, cada texto es único… es una fotografía del alma del artista.