16 Nov

Traducida por Juan Antonio Yáñez
 
Adaptada de la recopilación “Kwaidan” de Lafcadio Hearn (1902).

En la provincia de Musashi, vivían dos leñadores, Mosaku y Minokichi. Todos los días abordaban juntos una lancha para ir al bosque. Una tarde fría, iban camino a casa cuando los sorprendió una tormenta de nieve. Ellos se apuraron pero la lancha ya se había ido. Rápido buscaron refugio en una choza. Aseguraron la puerta y se recostaron a dormir.

Mosaku, quien era un hombre viejo, se durmió casi inmediatamente, pero Minokichi, el más joven, se mantuvo despierto escuchando el viento que azotaba la cabaña. Era una terrible tormenta pero al final se quedó dormido. De pronto, Minokichi se despertó al sentir nieve caer sobre su rostro. Abrió los ojos y vio que la puerta estaba abierta, y cuando volteó hacia arriba, vio a una bella mujer vestida de blanco que se inclinaba sobre su rostro viéndolo fijamente a los ojos. Ella se inclinó más y más sobre él hasta que su cara casi tocó la suya. Minokichi sentía su aliento frío, como un humo blanco y brillante. Ella lo veía en silencio, y Minokichi no podía moverse de la impresión. Finalmente ella sonrió y dijo:

Al principio pensé tratarte como a aquel hombre, pero no puedo evitar sentir pena por ti. Eres muy joven y apuesto, así que no te haré daño. Pero si alguna vez le cuentas esto a alguien, yo lo sabré, entonces te mataré. ¡Recuérdalo!

Se dio la vuelta y salió por la puerta. Minokichi finalmente pudo moverse y salió tras ella pero ya era muy tarde. Había desaparecido. Mosaku no se movía; estaba totalmente congelado.

Minokichi nunca dijo nada a nadie. Años después, caminaba por una vereda cuando se encontró con una joven mujer. Ambos conversaron como si fueran al mismo destino. Ella dijo llamarse Oyuki. Fue tanta la simpatía que nació entre ellos que finalmente se casaron y tuvieron dos hijos.

Una noche, después de que los niños se fueron a dormir, Oyuki se sentó junto a la lámpara de papel. Minokichi la observó y dijo:

Viéndote con la luz sobre tu rostro, me hace recordar algo que me pasó hace muchos años. Vi a una mujer tan bella como tu, con la piel blanca como la nieve.

¿Ah, si? cuéntame.
Minokichi le contó todos los detalles de aquel extraño encuentro. Oyuki se levantó en silencio. Acercó su cara a Minokichi y dijo:

¡Era yo! Y te dije que te mataría si llegabas a contar de eso a alguien. Lo haría en este instante; pero sólo por los niños no lo haré. Más te vale cuidarlos muy bien de ahora en adelante, porque si no, te daré tu merecido.

Ella emitió un grito agudo como el viento, y se desvaneció en una ligero humo blanco. Nadie la volvió a ver jamás.